Una cosa que me alucina de Madrid es la gran cantidad de gente que pide dinero en absolutamente todas partes. Y no me refiero a artistas o músicos callejeros, sino más bien a vagabundos o discapacitados en general. Todos estamos acostumbrados a ver a algunos con vasos y cajitas en las puertas de las iglesias, supermercados y un puñado de bocas de metro céntricas, pero en la capital el número se incremente muy considerablemente.
Para empezar, en cada esquina de una plaza más o menos céntrica encontrarás a uno o dos, y, si te tomas una caña con su tapita en alguna terraza veraniega, verás que algunos transeúntes se detienen a ver si en alguna mesa les sobra calderilla.
Además están los negritos que venden “La Farola”, que sólo llevan un ejemplar recubierto de plástico en la mano y a los que, si se lo quieres comprar (al parecer la gente solía pagarlo pero no llevarse el periódico), se oponen a dártelo porque no tienen más. Y, efectivamente, ni llevan mochila, ni carrito, ni nada.
También hay quien además le echa mucho cuento al asunto y se disfraza de señora mayor arrodillándose en el suelo y cubriéndose de pies a cabeza con pañuelos y toquillas o los que muestran, como la anciana de Preciados (esquina con Sol) que muestran, para que el público sea consciente de su sufrimiento, cajas de “terribles” medicamentos para enfermos terminales como… ejem… Gelocatil, o se apoyan (a ratos sí y a ratos no) en una muleta o bastón.
También es frecuente la bromita de poner muchos cestos con carteles como “Para alcohol”, “Para drogas”, “Para un Mercedes”, etc. O las gitanas que van en grupos, cada una con su respectivo niño en brazos, que te maldicen a pleno pulmón si no les das nada.
Pero mis favoritos son probablente los que entran en el metro con su retahíla de “Señora, señore, no tengo pa comer…”, ya que una vez vi como un chico que iba cargado con bolsas de la compra le ofrecía algunos alimentos al del sermón y éste, sin parar la cháchara se los apartaba de muy mala gana y le miraba con cara de “me has jorobado el negocio, capullo”.
Además, me ha pasado que, cuando había venido por estas tierras a hacer turismo en años anteriores, y sobrándome algún sandwich o bocadillo, se lo he ido a dar a alguno de esos pobres que piden precisamente para comer y, o no han querido cogerlo, o el ofrecimiento ha desenvocado en conversaciones tan curiosas como la que transcribo a continuación:
-Y, ¿De qué es?
-De jamón.
-Vale, entonces sí.
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